Escapismo


Ramón
23 septiembre 2010, 9:29 am
Filed under: Ficción

Siempre fue un hombre robusto, pero ahora, ella le mira y ve a un viejo menguado y enfermo. Se llama Ramón. Es su abuelo, pero nunca le ha tenido cariño. Nunca la llamó por su nombre, sino “niña”. Tampoco la llevó al cine, ni le dio un abrazo. No guarda un solo recuerdo entrañable. En su infancia, el abuelo le daba respeto, y después miedo. Más tarde vino la indiferencia.
La casa, donde ahora se está muriendo, es un piso enorme, laberíntico, con habitaciones escondidas. Cuando era pequeña le gustaba perderse, pero tenía dos habitaciones prohibidas, las más grandes de la casa. Eran las que ocupaban el pequeño colegio de barrio del abuelo, donde daba clase a treinta niños. Ella se deslizaba por el pasillo sin zapatos, para que no la oyera, y le observaba de maestro. En una ocasión, quizá la última que lo hizo, se acercó despacio, el abuelo estaba dando clase, su voz le llegaba severa y grave. Se asomó por la puerta entreabierta, desde allí podía ver las dos primeras filas de pupitres y a él, con su aburrido traje gris y pajarita negra. Señalaba con una vara de madera países de colores chillones en un mapamundi. Con la otra mano apuntaba a un niño u otro, que respondía diligente el nombre del país señalado. El tercer país le tocó a una niña de la tercera fila que no sabía la respuesta. Él le pidió que se acercara; la alumna lo hizo, muy despacio, con el brazo extendido y la palma hacia arriba. El maestro cogió una larga regla de madera y le dio dos golpetazos, la niña metió la cabeza entre los hombros y emitió un quejido. Ella, desde la rendija de la puerta, no podía verle la cara pero casi sintió el dolor. El cuerpo le empezó a arder, el odio hacia ese maestro calvo y gordo, de helados ojos azules, hizo que corriese por el pasillo. Se encerró en su despacho planeando venganza. Olía a tabaco, mezclado con la colonia de él. Miró alrededor buscando no sabía qué. Se fijó en la enorme máquina de escribir que ocupaba casi la mesa entera. Brillaba. Posó sus dedos en las teclas y apretó un poco, el rollo que estaba encajado giró. El abuelo escribía en esa máquina, muchas veces oía el golpetear de las teclas y se preguntaba qué estaría escribiendo. Al lado de la máquina había una carpeta marrón, tenía escrito con rotulador una palabra que conocía, aunque no supiera leer bien, ponía “Cuentos” y había cientos de papeles dentro. El abuelo escribía cuentos. Nunca lo hubiera imaginado. Abrió la carpeta, leyó tres frases pero recordó para qué había entrado allí; a la niña todavía le dolería la mano. Cogió varias hojas de la carpeta y, sentada en el suelo, las rompió, primero en trozos grandes y después en otros más pequeños. Disfrutó haciendo aquello. Los recogió con cuidado y se metió en el cuarto de baño. Fue echando los trocitos de papel, poco a poco, y miraba fascinada como se los llevaba el agua cuando tiraba de la cadena.

Ahora ella le tiene enfrente, en la cama, el abuelo parece más consumido todavía. Su madre está sentada al lado del viejo que, con los ojos cerrados, respira con fatiga. Ella se ha quedado a los pies. Sabe que son sus últimas horas pero no siente pena por él. Prefiere salir de allí. Va al despacho del abuelo, cierra la puerta, sigue oliendo a tabaco y a colonia. Se le encoge un poco el estómago. La máquina de escribir permanece, negra y reluciente, ahora sabe que es una Underwood, y hace tiempo que la quiere, pero él nunca se la quiso dar. Busca la carpeta marrón, la de los cuentos que tampoco quiso leerle, pero no la encuentra. Es posible que otro día busque mejor.
Vuelve a la habitación, su madre, que tampoco llora, coge la mano del abuelo. Para que no se vaya solo, dice. Ella desde la puerta solo está de espectadora. En su cabeza empiezan a agolparse frases de un cuento que titulará “ Ramón”. Sabe que será un cuento breve, frío y olvidable.

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23 comentarios so far
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¿Un cuento breve, frío y olvidable? No creo que lo sea, especialmente con ese final tan bueno.
El retrato del abuelo me parece genial, tan distante y severo, pero que al mismo tiempo escribe cuentos. Eso dice mucho del personaje y lo define muy bien. Incluso te diría que esa forma de ser define una época.
Un beso.

Comentario por Ainhoa

¡Gracias Ainhoa! Con lo que me cuesta terminarlos bien, leer que te parece un buen final es gratificante. Yo también creo que puede definir una época.
besitos

Comentario por Elena

Yo he querido muy poco a mis abuelos. No es culpa suya; simplemente no sucedió.
Me fastidia esto de tener que querer a los miembros de tu familia por narices, por la sangre y bla bla bla. Así que gradezco que alguien refleje de vez en cuando este tipo de situaciones.

Comentario por urraca

Siempre lo digo: los vínculos de sangre son circunstanciales. La familia puede estar formada por gente a la que quieres aunque no lleven la misma sangre que tú. La imagen del abuelito entrañable no siempre se corresponde con la realidad.

Comentario por Elena

¡¡Muy buen cuento!! De todas formas, también hay que tener un poco de compasión y comprensión hacia el pobre Ramón. En esos tiempos, simplemente hacían lo que hacían todos los maestros, y sólo a unos poquísimos se les ocurría pensar que los palmetazos eran contrarios a la educación. Como tener los brazos en cruz, de cara a la pizarra… eran sólo cosas naturales para la época.

Comentario por Miguel Baquero

¡Gracias Miguel!
Bueno vale, tengamos compasión del maestro Ramón, pero ¿qué me dices del abuelo Ramón?

Comentario por Elena

Ramón me recordó a mi propio abuelo, leer tu relato me trajo memorias que guardo de él, algunas similitudes bastante marcadas, gracias por escribir algo así. Un abrazo

Comentario por A.B.

Las similitudes quizá se deban a la época. La gran mayoría hablan de sus abuelos con gran cariño pero también había, y hay, abuelos como este, incapaces de transmitir nada a sus nietos.
Gracias y un abrazo.

Comentario por Elena

¿Es autobiografica?

Comentario por blanca

🙂 En algunos aspectos puede serlo, sí. Creo que si lo hubieras escrito tú, el abuelo Ramón saldría peor parado.

Comentario por Elena

Retrato de una época y de unos personajes que fueron consecuentes con lo heredado por sus padres. Hasta que una nueva generación rompe con los moldes. A mi me parece un relato que conmueve, nada frío. saludos

Comentario por minicarver

Sí, no sabían hacerlo de otra forma. “La letra con sangre entra”. Bueno la letra y todo lo demás. Yo también padecí ese tipo de educación, pero es la que había.

Comentario por Elena

Hay abuelos y agüelos.
Al igual que mamis y madres o hermanos y gemelos.
¡ Ay, ! me dió penita la nieta tanto como el pobre de Ramón.

Salud.

Comentario por Juanma

Juanma, eres muy sensible, ¿cómo te puede dar pena Ramón? 🙂
La nieta sí, tener un abuelo así es como no tenerlo.

Comentario por Elena

Intentaré acordarme de este relato cuando sea abuelo. Pero claro, tendré la memoria fatal. Voy a imprimirlo por si acaso.

besitos.

Comentario por ángel

Aunque lo imprimas, cuando seas viejo no te acordarás de dónde guardaste el papel. Pero, tranquilo, no creo que llegues a ser como Ramón en la vida, aunque lo intentes.
Besos

Comentario por Elena

Acabo de leer “El internauta”… Te dejé comentario debajo de él. Curiosísimo que hayamos reparado en el mismo tema.

Salud.

Comentario por Juanma

Sí, a mí también me resultó curioso. Aunque si lo piensas es un tema de total actualidad. Por cierto que ni se me ocurrió pensar que me hubieras copiado la idea. 😀

Comentario por Elena

Creo que el viejo debe haber sido aun peor de frío con su propia hija. Sin embargo, ella parece quererlo bastante, y pese a no llorar permanece parada sosteniéndole la mano.
No obstante, la nieta lo detesta genuinamente porque, obviamente, su resentimiento no lo heredó de su madre.
Y me gusta que no afloje por sólo verlo viejito y moribundo.
Felicitaciones, muy buen texto!

Comentario por blopas

¡Gracias blopas! Efectivamente su resentimiento tiene causas propias, la falta de cariño principalmente. La madre también es de otra época y quizá pueda entender mejor ese tipo de educación.

Comentario por Elena

Bueno… ni frío ni olvidable.
Hay amor y ternura en el comportamiento de la madre y la nieta, bueno, qué se espera de ella si nunca la ha llamado por su nombre…
El muerto al hoyo y la nieta con sus cuentos y su máquina de escribir.
Un final feliz! 😉

Comentario por dexter

Me alegra tu optimismo, si lo miras bien, en verdad es un final feliz, sobre todo para la nieta que podrá disfrutar de la Underwood sin preocuparse del viejo.

Comentario por Elena

Pues sip, eso es lo que yo veo… sólo felicidad! y una máquina nueva… y Ramón que descanse en paz, que ya ha vivido lo suficiente. Morirse no es malo. Es una parte buenísima y relajadísima: sin problemas!

Comentario por dexter




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