Escapismo


La omisión
1 marzo 2010, 12:00 pm
Filed under: Ficción

El viejo acaba de cumplir ochenta años, lo único que le queda por hacer es morirse pero mientras tanto vive tranquilo. Ha estado en el hospital varios meses y desde entonces su cabeza ya no es la misma. Sale de casa y siente el sol de invierno en su calva. Ha vuelto a olvidarse el gorro de lana. En realidad no se acuerda casi de nada, la asistente social le ha metido en un bolsillo una tarjeta con su nombre y dirección por si cualquier día no sabe volver a casa. También le ha tenido que hacer una lista, que ha pegado en la nevera, con todas las medicinas que toma diariamente.

Hoy se ha levantado con dolor de rodillas así que se alegra de que haga sol porque eso le viene bien. En el portal se cruza con una vecina, ella le da los buenos días y él ni la contesta, no tiene ganas de hacerlo. Va hacia el parque, como todos los días, anda durante media hora y se sienta en un banco. Suele elegir el que está en frente del parque infantil. Antes los niños le molestaban pero ahora le gusta ver como juegan. No puede dejar de mirar a una niña de pelo moreno, tiene chapetas en los mofletes, del frío, coge arena con las manos y la deja caer entre sus dedos, lo hace una y otra vez. De vez en cuando comprueba que su madre no se ha movido del sitio y vuelve a su juego. El viejo desmemoriado cuando mira a esa niña siente que el corazón se le achica porque de lo que sí se acuerda es de que tuvo una hija. Está amargado, nunca pensó en acabar su vida tan solo. Pero su agrio carácter no le ha ayudado en esto. Ahora cuando ve a los niños pequeños piensa que unos nietos le harían reír, y le darían cariño. Y es posible que incuso los tenga.

Después de dos horas allí sentado, nota que se le han entumecido las piernas, con dificultad se levanta del banco y echa a andar. Sus pasos, casi sin querer, le llevan hasta una casa con las persianas verdes que le son familiares. Le gustaría saber que hay detrás de ellas. Rebusca en su memoria, mira fijamente la fachada, quiere acordarse del pasado, quiere recuperar algo que perdió hace tiempo. A veces vienen a su mente imágenes que se diluyen antes de poder atraparlas. Retazos sueltos de una vida que ahora le parece tan lejana que a veces duda si la llegó a vivir. Se pone triste cuando va a la casa de las persianas verdes. Pero no puede evitar hacerlo. Se queda allí, inmóvil, todo el tiempo que las piernas le aguantan. Mira con atención quién entra y sale del portal. Ahora que ya no le importa nada y que siente que la vida se extingue le gustaría recuperar lo que perdió. Pero no sabe cómo, ni si es posible. A veces, por las noches, sueña que su hija le va a buscar a su casa, pero por la mañana la soledad le vuelve a aplastar.

Ve salir a un chico del portal y piensa que quizá es su nieto. No puede darse cuenta que una anciana le mira por las rendijas de las persianas. Ella sí se acuerda de todo, de las palizas, de su niña pequeña siempre presente. Del miedo que les inspiraba cuando él entraba por la puerta. Ella sí se acuerda por qué el viejo, que antes no lo era, se marchó aquella noche de la casa de las persianas verdes. Y no volvió nunca a verlas, ni a ocuparse de ellas, ni siquiera volvió a recordarlas durante muchos años. Incluido hoy.

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2 comentarios so far
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Emotivo, toca la fibra. Muy bueno.

Comentario por ucomin

Me parece que con los años te estás volviendo más sensible. Claro que la vejez ya la vemos más cerca!

Comentario por Elena Azcárate




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