Escapismo


Segundo grado
13 febrero 2010, 9:56 pm
Filed under: Ficción

Cuando ella entró, yo estaba tumbada en la cama mirando el trozo de cielo que asomaba entre los barrotes. No dijo nada, y yo tampoco. Se sentó en la única silla de la celda. La miré y estaba llorando. Era una chica corpulenta y fea, con los ojos, la nariz y la boca apiñados en una cara sembrada de lunares. Pero había algo en ella, o quizá era su llorar manso, que, de alguna manera, te ablandaba. Quise consolarla pero la verdad es que no podía, no sabía cómo. La cárcel te seca por dentro y todo te da igual. Me di la vuelta para no verla, pero la empecé a oír pequeños hipidos de lloro contenido. Solo dije: no llores, por favor. Ella ni contestó. Me acordé de la semana entera que pasé llorando cuando vine a este lugar. Ahora, después de ochocientos treinta y cuatro días mis ojos están secos. Aquí llorar no sirve de nada. Cuando volví a mirarla tenía los brazos apretujados abrazando algo inexistente. Tenía la cara ausente y se mecía de adelante a atrás. Como quién acuna a un niño.

Desde ese día, todas las noches lloraba y se mecía. Y yo todas las noches le decía: no llores por favor. Nunca me hizo caso.
No tenía visitas, y lo que es peor, no hablaba. Era mi compañera de celda, vivíamos juntas en casi nueve metros cuadrados, sin embargo, nunca supe nada de su vida. Ni siquiera por qué estaba aquí ni cuánto tiempo seríamos compañeras de cuarto. Solo supe que se sentaba lo más lejos posible de los hijos de las otras presas, que huía de los juguetes y que jamás probó la leche ni los yogures. Incluso un día que nos pusieron puré para cenar, vio el plato y se echó a llorar. A esas alturas todo el mundo la ignoraba, ella siempre estaba aparte. La llevé a la celda, la acosté y le acaricié el pelo. Ella se dejó hacer.

Después de dos meses me había acostumbrado a tenerla allí. Ni me acompañaba ni me molestaba; incluso su lloro nocturno se convirtió en algo doméstico, como quien escucha una nana.
El día sesenta y seis se despertó enferma, tenía mucha fiebre y se convulsionaba. Avisé a la celadora y se la llevaron a la enfermería. Al marcharse me apretó un dedo con su mano enorme y me dijo: solo quería abrigarle. ¿A quién?, le pregunté. Pero ella hizo un puchero y giró la cara.

A los dos días se hablaba de ella en toda la cárcel. Había muerto, yo pensé que de pena. Pero sobre todo contaban que tenía agarrado contra su pecho un muñeco, pelón y gordezuelo, olvidado por alguna niña en la enfermería. Y que habían tenido que partirle los brazos para quitárselo. Casi me alegré por ella, por lo menos no tendría que seguir contando los días para salir de la cárcel ni tendría que preguntarse qué iba a hacer con su vida ni por qué no habría nadie esperando allí afuera.

Nunca me olvidé de ella, y por las noches, cuando me acordaba del muñeco pelón, me decía a mí misma: no llores por favor.
Aquí llorar no sirve de nada.

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6 comentarios so far
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Tiíta, los pelos de punta. Describes muy bien el sentimiento que tienen los presos: “Aquí llorar no sirve de nada”. Muchos besitos, nos vemos en Amsterdam. Te quiero

Comentario por Ana

Me alegra que me digas eso porque de este tema tú sí que sabes, habrás oído tantas cosas de psicológa en una cárcel…
Síiiii nos vemos en Amsterdam. Besitos. Muamua

Comentario por Elena Azcárate

Very touching, y no tanto por lo que cuenta sino por cómo lo cuentas, me encanta el final, entre consuelo y desesperanza. Muasss

Comentario por Maria1

Ay, creo que el desconsuelo siempre tiene que ir acompañado de esperanza, si no apañadas vamos, toma nota!
besitos

Comentario por Elena Azcárate

Has reflejado perfectamente la desolación de la perdida “saboreada” en la carcel…per fuerza acaba con la vida
Un beso

Comentario por Montse Tafalla

Gracias guapita, lo bueno de escribir es que haces el ejercicio de sentirte en la piel de otra persona. Y a veces se consigue!
besitos

Comentario por Elena Azcárate




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