Escapismo


Disonancia
5 febrero 2010, 9:58 am
Filed under: Ficción

No se trataba con los vecinos. No es que los detestara pero nunca fue una persona afable. Ni siquiera le interesaba quién vivía a su lado, o arriba, mientras no le molestara. Y hasta el momento había tenido suerte, eran todos bastante silenciosos, incluido él.
Un martes al volver del trabajo vio trajín de mudanza en la escalera. Y parece ser que el nuevo inquilino iba a vivir en el piso de arriba.

Ese mismo viernes escuchó unos acordes de guitarra. Atento al sonido, y molesto por su de repente violada paz vecinal, pensó en un niñato aficionado y no le dio más vueltas. Pero su vida cambió de un día para otro: le despidieron del trabajo. Así que se pasaba el día en casa, con periódico y teléfono en mano, buscando otro empleo. Su estado de ánimo cambiaba por días. A peor. Y ahora el vecino de la guitarra había empezado a ser un incordio de verdad, no paraba de tocar. Se imaginaba al niñato desaliñado, melenudo y estúpido, tocando lo mismo una y otra vez. Solo al oír los primeros acordes ya le cambiaba el talante, y a medida que la melodía avanzaba a él le subía una hiel amarga hasta la boca. Y era en esos momentos cuando sentía un odio feroz hacia el vecino de arriba aunque jamás se hubiera cruzado con él en la escalera.

Después de un mes buscando trabajo, su carácter, antes poco afable ahora se había convertido en irritable. Su estado de amargura le llevó a la bebida y, todas las noches, se servía generosas copas de ginebra. Una de esas noches, después de tres lingotazos, comenzó a oír la música, intentó ignorarla pero era persistente, siempre la misma melodía cadenciosa. Terminaba y volvía a empezar. Su odio hacia el vecino, ya germinado, empezó a crecer. Podría haber subido a hablar con él pero en esos momentos ni se le ocurrió. El alcohol le hacía sentir capaz de hacer cualquier cosa Echó otro chorro de ginebra en el vaso y se lo bebió de un trago. Y con la música de fondo y la mente ofuscada, fue a su habitación y sacó una caja que tenía debajo de la cama desde hacía diez años. Al abrirla, encontró lo que buscaba: una escopeta de caza, que guardaba, en perfecto estado, más por tradición que por otra cosa. La sacó de la funda y estaba reluciente, su padre siempre la tenía cargada y dispuesta a ser utilizada. La ira hacia su vecino le iba cegando. En su cabeza solo había sonidos de guitarra, esa melodía horrible. Salió escopetado, nunca mejor dicho, subió la escalera al piso de arriba de dos en dos, y lleno de furia, llamó al timbre. Se quedó apuntando a la puerta. Las gotas de sudor resbalaban por sus sienes. Notaba las manos temblorosas y olía su propio aliento apestando a ginebra. Por fin el sonido de la guitarra cesó, unas pisadas se acercaban. Tenía el dedo en el gatillo y el corazón casi infartado. Escuchó como manipulaba el cerrojo y la puerta se abrió, despacio. Y ante él, apareció una chica guapa, muy joven, de largo pelo rubio y piel casi transparente. Ella le miró con cara de espanto pero no hizo ni dijo nada, se quedó quieta, casi dispuesta a morir. Él, con la escopeta en la mano, miró hacia el interior buscando al niñato odioso pero solo vio la guitarra posada en el suelo.

Su mente nublada no esperaba encontrar un ángel en el piso de arriba. Dejó caer la escopeta y arrastrando los pies, empezó a bajar la escalera con la sensación de que le habían arrebatado su desquite.

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3 comentarios so far
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Bravo!

Comentario por Fatima

Dónde vive la rubia? 😉 es broma…
Muy bueno, son sensaciones muy comunes y las expones como nadie: de una manera tan transparente que es fácil pensar que cualquier relato de ficción pueda terminar siendo real.
Me parece dificilísimo transmitir tanto en unas pocas palabras… pobre señor poco afable…

Comentario por Amparo Zapatilla

Sí, cuántas veces creemos estar viviendo realidad y luego resulta que era pura ficción, y otras veces en cambio nos gustaría que la ficción fuera realidad y no hay manera!

Comentario por Elena Azcárate




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