Escapismo


La prueba
21 enero 2010, 11:15 am
Filed under: Ficción

Es un hombre ya adulto y sigue virgen. Nunca se le ha presentado la ocasión de estrenarse. Y tampoco la ha buscado. Su educación estrictamente religiosa le ha influido en muchos aspectos de su vida, incluido éste. A él con practicar el onanismo siempre le ha bastado.

Pero ahora las cosas han cambiado. Lleva tres semanas saliendo con una chica impresionante y ella se le ha insinuado varias veces. Por supuesto él ni le ha mencionado que es virgen. No se atreve. A veces piensa que es un exagerado, que no hay por qué preocuparse, seguro que a ella no le importa, pero en otros momentos cree que es un problema enorme.
La chica se ha marchado de viaje, han quedado el mismo día de su vuelta así que tiene un poco de tiempo por delante para solucionar su problema. Lo que más le preocupa es saber complacerla y que a él también le guste. Le resulta difícil imaginar como será todo. No consigue visualizar a la chica desnuda y él encima, y menos debajo.

Lo primero que se le ha ocurrido es empezar viendo películas porno. Nunca ha visto una película de este tipo entera y, aunque los argumentos son casi inexistentes, le han parecido fascinantes, y le han excitado mucho. De hecho ha estado toda la tarde frente al televisor masturbándose. Pero eso es lo único que sabe hacer. Si bien es verdad que con las películas ha aprendido en cuanto a posturas, sinceramente su forma física no es en absoluto la idónea para practicar este tipo de acrobacias en la cama. Tras este intento frustrado para documentarse se compra manuales prácticos de sexualidad. Pasa toda una tarde leyendo, empapándose de conocimientos de las zonas erógenas (ha tenido que buscar esta palabra en el diccionario), las partes de la vagina, las posturas más placenteras para la mujer…La teoría ya se la sabe pero esto no soluciona del todo su problema.
Se le pasa por la cabeza contratar a una prostituta, baja al kiosco y compra una revista de pornografía con abundantes contactos, con cientos de chicas dispuestas a enseñárselo todo. Se pone cachondo al leer los anuncios, pero le parece feo y sórdido recurrir a esto. Es más bonito estrenarse con la chica impresionante, de eso no hay duda. Quiere hacerla feliz, en la cama también. Sabe que en una relación el sexo es importante.
Lo último que le queda es hablar con su hermano mayor, el cual, al escuchar el problema, lanza una carcajada. Se ríe tanto que a él le dan ganas de irse. Cuando por fin se calma le habla condescendiente y comprensivo. Le da instrucciones básicas sobre como empezar, continuar y terminar, le da trucos para saber si la chica disfruta, también para no llegar al orgasmo en un minuto, incluso le habla de dónde debe tocar. El hermano, haciendo alarde, está dos horas y media contándole casos diferentes de chicas diferentes. Cuando se despiden, está algo más tranquilo, cabe la posibilidad, con lo que ha aprendido, de que la chica impresionante no se de cuenta de su inexperiencia. Tampoco hace falta que piense que es un seductor nato. Solo quiere resolver el primer encuentro y luego ya, más tranquilo, ir cogiéndole el tranquillo.
A medida que se acerca la fecha, el pensamiento de acostarse con ella le altera. Por un lado le da miedo fallar pero por otro está ansioso de que llegue el momento. La desea, de eso no tiene duda. Ya ha podido imaginársela desnuda, y debajo de él. Incluso se ha masturbado pensando en ella.

Llega el día y se levanta excitado, pasa muchos ratos empalmado pensando en ella, aunque en otros momentos le entra angustia y desea no tener que pasar la prueba. Con estas contradicciones llega a las seis de la tarde, hora de que ella se haya puesto en contacto con él, pero no lo ha hecho. Él la llama pero tiene el teléfono apagado.
Mientras espera que ella dé señales, se prepara. Se mete en la ducha y, cuando está bajo el agua, oye el teléfono. Cierra el grifo, agarra la toalla y casi se mata corriendo por el pasillo. No llega a cogerlo pero puede escuchar el mensaje que ella ha dejado en el contestador. La chica impresionante solo dice:
“No me esperes, no puedo ir. Ya te llamaré.”

Todavía con la toalla en la mano, desnudo como estaba, coge la revista pornográfica y se va directo a su dormitorio.

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2 comentarios so far
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Muy divertido! Tiene un toque surrealista a lo Quim Monzó, aunque la situación en sí sea muy verosímil. ¡Pobre hombre! Al menos él se quiere como dios manda. ¿Has leído “La magnitud de la tragedia”?

Comentario por Raül Pere

Gracias Raúl!
Soy admiradora de Quim Monzó, me he leído todos sus relatos pero ninguna novela. Me la apunto como próxima lectura, seguro que me encanta. El título promete!

Comentario por Elena Azcárate




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