Escapismo


Inclemencia
17 enero 2010, 6:19 pm
Filed under: Ficción

Llevan dos meses juntos y él la ha propuesto pasar un fin de semana en su casa de la montaña. Ella, teniendo en cuenta que la relación es incipiente,  ha aceptado con una ilusión que no siente. Odia el frío, y la nieve más.
 Y es Enero.
 Llega el viernes por la tarde y emprenden viaje. Los dos muestran un humor excelente. Al llegar, cuando ha visto la casa en medio de la nada, con la luz del atardecer y toda rodeada de nieve le dice que es encantadora. En ese instante casi se alegra de haber ido. Aparcan en la carretera ante la imposibilidad de llevar el coche hasta la puerta, el camino tiene por lo menos 30 centímetros de nieve. En cuanto ella pone los pies en el suelo y se hunde casi hasta la rodilla empieza a arrepentirse de haber dicho que sí. Solo consigue sonreírle cuando piensa que dentro de la casa al menos estarán calentitos. Entran y le resulta muy acogedora aunque nota un frío helador. Se queda quieta en medio del salón sin atreverse a mover un solo miembro de su cuerpo y no perder el poco calor que la queda. Él va a la cocina a encender la calefacción. Ella oye el chasquido del botón de la caldera, el sonido se repite una y otra vez. El vaho sale de su boca. Sigue con los guantes, la bufanda y el gorro. Los pies se le han quedado húmedos, de andar por la nieve, y sus dedos congelados, sus botas de ciudad han resultado insuficientes. Le pregunta si funciona la calefacción Contesta desde la cocina que hay que esperar un rato, pero ella no le cree, es evidente que no funciona. Él vuelve al salón con aire despreocupado y allí está, aterida, haciéndose pis y sin querer ir al cuarto de baño y bajarse los pantalones. Empieza a nevar, él la invita a mirar por la ventana, se acerca, ya bastante desanimada, mira los copos de nieve caer y añora su casa. Intenta besarla pero ella ni gira la cara. No quiere estar allí, muerta de frío.
 Él regresa a la cocina e intenta de nuevo encender la caldera, no se da por vencido. Le da al botón despacio, y luego deprisa. El piloto no hace ni amago de encenderse. Cuando vuelve al salón y la ve, mohína, hecha un higo en el sofá, intenta animarla, le sugiere incluso ir a la cama para entrar en calor pero ella sólo pensar en quitarse una sola prenda de ropa le dan escalofríos.  Él, paciente, le quita las botas y empieza a masajearla los pies helados. Ella se deja hacer pero su mal humor es cada vez más patente. 

 – Voy a ir al pueblo a ver quién puede venir a arreglar la caldera ­-
dice él.
 – Yo no voy, te esperaré aquí muriéndome de frío.
 – No te pongas así, ya verás como la arreglan y pasamos un
fin de semana estupendo.

Le mira con desdén. Él vuelve a sonreír. Se marcha en seguida para el pueblo. Al quedarse sola, llora de rabia, se recrimina el estar allí. En un arranque de valor va al cuarto de baño a hacer pis. Con la ventana enfrente mira la gran nevada que está cayendo y empieza a preocuparse de que él no pueda volver, se imagina la carretera cortada, y se anticipa a la soledad de la noche en aquella casa heladora. La sola visión del gran manto de nieve en la oscuridad, la inquieta. Se arrepiente de no haber ido con él.  Va a la cocina a ver que pueden cenar, al ver la caldera en frente,  prueba suerte, aprieta el botón con entusiasmo, nada, vuelve a apretarlo con mimo, nada. Insiste apretando una y otra vez, y ya rabiosa, le da un puñetazo, luego otro, da patadas a la pared; mira su reflejo en el ventanal, está tan ridícula con ese gorro y la bufanda puesta, le odia profundamente por haberla llevado a la montaña, por no haber comprobado que la calefacción funcionaba, porque le gustara esquiar, en realidad no tenían nada en común, no sabe ni que ha visto en él. Cuando el ataque de histeria llega a su fin, está sudando y más tranquila. Han  pasado dos horas desde que se marchó. Busca por los armarios alguna manta, coge una grande y se tumba en el sofá tapada hasta las orejas. Mientras le da vueltas a por qué es tan complaciente, se queda dormida sin saber qué hora es.
 Cuando se despierta es de día y él no ha vuelto. Quieta en el sofá, siente que le duele todo el cuerpo. La punta de su nariz está helada. Desde el enorme ventanal contempla la nieve cubriéndolo todo, con la montaña al fondo y se siente pequeña y sola. Lleva sin comer nada muchas horas. Necesita un café, pero el gas tampoco funciona. Escucha un motor, es la máquina quitanieves y justo detrás, él, en su coche, acompañado del técnico.  Se levanta a abrirles. Cuando él baja del coche y la ve, inmóvil en el umbral, con la manta todavía encima, la sonríe. Ella le devuelve la sonrisa pero siente que, por desgracia, se ha quedado completamente fría.

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4 comentarios so far
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me aparecido una historia muy buena,y que te atrapa,pero le encuentro un mensaje,que aveces sabemos que no va ir bien de entrada,pero pensamos que estamos un poco pesimistas y creemos que puede ir bien ,pero luego con un poco de tiempo y con alguna dificultad en nuestro camino,nos damos cuenta que el acompañante del viaje ,en la vida no nos gusta, solo nos atrae,y que no merece la pena porque no nos trasmite ,lo que le transmitía y que solo fue una ilusión que se evaporo.

Comentario por guelgar

Gracias por tu comentario, tienes mucha razón, a veces lo intentamos cuando en el fondo sabemos que no es la persona adecuada. Pero yo siempre me digo que mejor arrepentirse de haberlo intentado que rendirse antes de tiempo.

Comentario por Elena Azcárate

Una vez más admiro a la protagonista. Yo no me hubiera dormido en toda la noche, hubiera estado histérica y, no sé yo si me hubiera quedado fría al verle llegar. Más bien hubiera estado caliente, tirando a negra, tirando la caldera, vamos. Me ha gustado mucho!!!

Comentario por Fatima

jaja, conociéndote no lo dudo. Hubieras tirado la caldera abajo, y con el tío no quiero ni pensar lo que hubieras hecho.

Comentario por Elena Azcárate




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