Escapismo


Asunto de peso
29 noviembre 2009, 8:14 pm
Filed under: Erótico

Estaba desparramado en el sofá mirando su dedo gordo del pie. Era una de esas tardes de aburrimiento mortal. Esos días en que uno casi ni existe. Llevaba una larga temporada así, abandonado, y allí estaba, un sábado, en su sofá de toda la vida, ya mugriento y con  la forma imborrable de su cuerpo en el asiento. Estaba en pijama ni se había molestado en vestirse. Se levantó con ánimo de merendar algo. Era lo único que alteraba el día y su ánimo, comer. Era la única forma de llenar su vacío. Abrió la nevera y se preparó un plato de entremeses. Cuando estaba saboreando el salami italiano le sobresaltó el timbre. Entre contento y molesto por la interrupción corrió a abrir. Se quedó sin aliento, una gorda despampanante allí, de frente, ocupaba todo el marco de la puerta, iba vestida de blanco lo que la hacía parecer más gorda todavía. Y guapa. Le sonrió nada más verle, era nueva en el edificio y le pidió prestada la llave del patio comunitario. La hizo pasar inmediatamente. La gorda se mostraba seductora, le miraba con ojos picarones y bajaba los párpados más de lo debido. Mientras buscaba la oportuna llave intercambiaron algunas frases, él miraba de reojo, sus tobillos eran espectaculares y su escote prometía suculentas fantasías. Ella era exuberante, y podía olerla a gloria, así que empezó a imaginar a qué sabría. El gusto del salami en su boca le hizo desearla más. La gorda le había abierto el apetito y animado el espíritu. Cuando se marchó  él volvió a su plato de entremeses más vivo. 

Al día siguiente ella reapareció a la hora del aperitivo a devolverle la llave. Le ofreció una copa de vino. La gorda aceptó sin dudar. Eso solo podía ser un sí. Hablaron mucho, y bien. Tres copas de vino después, él ya pegado a ella, alargó su mano y la acarició la oreja. Y ella, coqueta, reía sin parar. Él, incluso sorprendido, disfrutaba enormemente admirando ese cuerpo inmenso lleno de recovecos, de sabores por descubrir. Era la hora de la comida y estaba hambriento de ella, deseando sumergirse en ese mundo de lujuria que adivinaba escondido entre michelines, que seguro albergaba sensaciones inolvidables. Sus brazos querían abarcarla entera, su boca quería llenarse de ella. Estaba deseando hincarle el diente a sus carnes blandengues y olorosas. Imaginaba una amalgama de sabores en todo ese cuerpo. La tocó el pelo, moreno y corto, suave. Ella cambió la expresión y se abalanzó, sepultándole en el mismo hueco imborrable del sofá donde antes se miraba el dedo gordo del pie. Él, ahí abajo, se alimentaba del olor a mantequilla fresca que esos mares de grasa desprendían. Se besaron durante largo rato, sus besos eran como tragos de licor de manzana, intensos y a la vez refrescantes. Se regodeó con esa mujer descomunal, divertida y cariñosa. Exultante, la arrastró a su habitación, la desvistió del todo y la empujó suavemente hacia la cama. Al verla allí, extendida, con todo su cuerpo esparcido, su ombligo antes escondido entre sus carnes celulíticas, su piel gelatinosa y suave, sus ojos, que hablaban, sus enormes brazos colgones como parras que le rodeaban con ansia, la deseó. Quería comérsela entera, sentirse lleno. Quería pecar de gula. Su lengua, ávida de nuevos sabores, comenzó su camino por el cuello, mullido como la miga del  pan, fue bajando y se detuvo en las axilas con su regustillo ácido como el vinagre, metió la cabeza entre sus enormes ubres, hundiéndose en ellas, la mordisqueó sus guisantes tiernos hasta que endurecieron. La daba bocaditos y pequeños lametazos, saboreando palmo a palmo, como cuando una comida te deleita y no quieres que acabe. Llegó al ombligo, metió la puntita de la lengua y notó la sal de su cuerpo. Siguió el recorrido, lento, apasionado, por todas sus carnes temblorosas con gusto a extensas praderas de pasto. Descendió hasta dónde quería, al plato principal, un manjar escondido entre sus muslos al que, aún abriéndolos, costaba alcanzar. La lamía con fruición, disfrutando del caliente sabor a percebes recién cocidos, con verdadero placer. Ella se retorcía de gusto al sentirse devorada. Él paladeó como nunca la carne;  esa carne sebosa que lamió y chupó hasta el último de sus pliegues. Sabía cómo olía, a gloria, a verano, a fruta fresca. Quería degustarla, saciarse de ella. Estuvieron toda la tarde descubriéndose , alimentándose el uno al otro. Disfrutó con ella, de ella, a la par, hasta el último momento, cuando en un espasmo llenó su boca de jugo dulce, pegajoso como el sirope.  Y él se tumbo ahíto después de la gran comilona.

En esos momentos sintió que su vacío se había llenado con una gran persona.

            Durmieron juntos, en calma, abrazados, acompañados en su soledad hambrienta ahora satisfecha. Y si alguien les hubiese mirado solo hubiera podido ver medio cuerpo de él porque el otro medio permanecía sepultado bajo sus apetitosas e inconmensurables carnes.

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3 comentarios so far
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Espectacular. Es impresionante tu manera de hacer apetecible algo desagradable todo al mismo tiempo.

Comentario por blanca

Gracias hermanita, nunca sabes donde puedes encontrar el placer!

Comentario por Elena Azcárate

Que bueno, Elena! me ha gustado mucho. Yo quiero ser gorda!!

Comentario por beatriz




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