Escapismo


Calamares a la romana
24 noviembre 2009, 11:48 am
Filed under: Erótico

El restaurante era encantador, de deliciosa comida casera. Fui con una amiga y después de comer invitó al cocinero, amigo de siempre, a nuestra mesa. Era atractivo, sensual, con las facciones duras, casi de gánster, suavizadas por su uniforme blanco salpicado de lamparones de grasa. El blanco le deba cierto aire infantil, un candor que contrarrestaba su mirada dura y un poco esquiva. Al darle dos besos me impregnó de un sudor leve, como si se hubiera limpiado la cara corriendo antes de venir a nuestra mesa. Su olor a cocina, un aroma a fritanga fina, me hizo recordar los calamares a la romana, los boquerones fritos, los chopitos tomados a la orilla del mar, en el puerto en un anochecer romántico. Su presencia despedía sexualidad o yo estaba hambrienta aunque acabara de comer. Quizá tendría que haber pedido postre. Me gustó inmediatamente, él,  su olor;  más que eso, cuando nos despedimos, con cierta sorpresa noté las bragas húmedas.

A la semana siguiente insistí en volver. Casi no probé bocado, el manjar del plato resultaba aburrido comparado con el que lo había cocinado. Esta vez le esperamos en la calle, cuando salió noté su mirada de aprobación. Mi atuendo, pacientemente elegido, un vestido blanco y negro, de tirantes con amplio escote pero sobrio, de mujer decente aún con ganas. Insinué si tomábamos café, mi amiga declinó la invitación y él aceptó. Llevaba una camisa blanca, medio abierta que dejaba ver su vello castaño, deseé olerle, pegar mi nariz a su piel.  Le llevé a mi casa. Solo por caminar a su lado mi cuerpo iba reaccionando, la piel erizada, sensible, deseando ser tocada. Me pegaba más de lo normal para olerle aunque fuera un poco.  Ya en el ascensor volví a apreciar su aroma a croqueta, a tempura de verduras. Su mirada esquiva era ahora golosa. Me deleité mirando esos pectorales marcados, los cercos de sudor fresco, los brazos duros de amasar, morenos, capaces de cogerme en volandas; sus manos grandes y encallecidas por las quemaduras. La boca se me estaba haciendo agua. El festín estaba servido. En cuanto entramos en casa,  él me cogió por detrás y solo tuve que sentir sus manos en mi cintura, su olor, tan  sugerente, ese olor a rebozado que hacía que mi cuerpo, caliente como el aceite, se abandonase sin resistencia. Me manoseó entera con sus dedos acertados. Me chupó como a una gamba. Mi olor a marisco fresco y su fragancia a frito hacían que todo me apeteciese. Caí en sus manos como un ingrediente más. Dispuesta a ser manipulada, mezclada, batida o todo a un tiempo. Con pericia me sentó en el borde de  la mesa, subió el vestido y me bajó las bragas. Me atravesó como un pincho lo hace a la carne moruna. Su cuerpo se movía rítmico y yo, agarrada a él como un calamar, aspiraba el olor de su pelo, de su piel, su dulce olor a cocina. Sudábamos y nos fundíamos como los quesos ante el calor. Se pegaba a mí como la harina al huevo. Hervíamos. Y mi punto de ebullición se acercaba. Acabamos casi al tiempo y disfruté tanto como con una fritura andaluza en su punto de sal.

Una vez concluido el plato principal, todavía no descartaba repetir, le noté intranquilo, o incómodo. Le ofrecí café pero quiso marcharse alegando que su mujer le esperaba. Yo no había pedido helado de postre.

No volví a verle pero cada vez que entro en un bar y huelo a calamares a la romana mis bragas se empapan, sin remedio.

 

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3 comentarios so far
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Muy acertado relato. Me gusta como el vocabulario gastronómico (de tapas) y erótico (de sexo) interactuan de modo que cambian sus roles.

Comentario por pit_sailor

Uno de mis favoritos. Gracias a ti, el olor a fritanga ya no significará lo mismo.

Comentario por Espejo Pulido

jaja, eso sí, el de fritanga fina!

Comentario por Elena Azcárate




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