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El escritor sentado en su mesa revisa las cuatro frases que va a decir cuando le entreguen, en unas horas, el galardón literario que le han concedido. Su mujer está metiendo una botella de champán en el congelador para brindar cuando vuelvan. Están felices por este acontecimiento. Después de veinte años de frustraciones literarias por fin le ha llegado el prestigio. Ella está especialmente orgullosa, considera que le corresponde una parte de ese premio, sus esfuerzos, su apoyo, siempre animándole, llegando incluso a mantener la economía familiar por conseguir ese sueño.
Ya se han arreglado, él alaba su vestido, se levanta y la abraza fuerte. Cogidos por la cintura miran las cajas con ejemplares del libro. Su novela, de ciencia ficción, ha sido un éxito de ventas y de críticas, algo inesperado después de sus tres novelas mediocres que apenas merecieron alguna reseña en revistas literarias. Atrás quedan las depresiones, los vacíos creativos, los apuros económicos.
Él está muy elegante con pajarita y traje de chaqueta negro. Cogen un taxi, hablan poco y se agarran las manos. Él está nervioso, ella más emocionada. Al llegar al hotel un montón de periodistas le están esperando, él no suelta su mano. No está acostumbrado a la notoriedad ni a hablar en público. Se muestra amable, contesta alguna pregunta. Entran al salón lleno de sillas, ella se sienta en primera fila, él en la mesa situada encima de la tarima con el editor, que hablará primero y con otro afamado escritor que lo hará después. Mientras ellos elogian su libro y su talento como escritor, repasa mentalmente su pequeño discurso, el significado de este reconocimiento, y agradecer a todos, también a su mujer. No quiere olvidarse de nada. Con los brazos cruzados sobre el pecho intenta no moverse para que no se note su inquietud. Cuando le llega el momento de hablar, nota la expectación del público allí sentado, nota los flashes de los periodistas y se aturulla, está aturdido ante tanta celebridad. Busca los ojos de su mujer, cuando los encuentra se siente más confiado y comienza a hablar deprisa, muy serio, quiere acabar cuanto antes. Suda. Fija la vista en la calva de un señor del fondo para no distraerse. Ella, que no le quita la vista de encima, reprime las ganas de llorar de la emoción. Él ahora no la mira, las frases aprendidas se diluyen, las pierde antes de empezar, improvisa, es breve y parco, termina agradeciendo al editor la confianza, la generosidad y el apoyo continúo. La frase dedicada a su mujer, una frase bella y trabajada se le olvida, desaparece, ni la echa de menos. Cuando escucha los aplausos siente sosiego y alegría. La concurrencia empieza a levantarse, ella, aplastada, sigue en su silla. Con la mirada hueca, le ve rodeado de micrófonos, más relajado que antes pero todavía incómodo. Ella no sabe bien qué hacer. El editor la salva del aislamiento y la conduce al salón donde darán un piscolabis. Piden una copa, ella espera que el vino llene el gran agujero que tiene dentro, que desaparezca. El editor la habla pero no le escucha, solo está pendiente de la puerta. Él aparece radiante con una cohorte detrás, todos quieren una firma, y conocerle. Se acerca a ellos y cuando va a besarla en los labios, su mujer gira levemente la cara y se lo da en la mejilla. Es justo en ese momento cuando la frase no dicha repica en su mente y se siente caer a un precipicio. La mira a los ojos y encuentra dureza, todo su interior se contrae. El editor le pregunta cómo se siente ante el éxito e, incapaz de responder a esa pregunta, desvía el tema hacia la idea de su siguiente libro.
Vuelven taciturnos en el taxi, él, le coge la mano, se acerca un poco más y susurra la frase, que ahora le suena artificiosa, casi falsa. Ella vuelve la cara hacia la ventanilla y con los dedos impide que las lágrimas caigan.
Al llegar a casa, desde la puerta del dormitorio ella le mira con serenidad marchita y dice “me alegro por ti, te lo mereces”. Él contesta “gracias, sin ti hubiera sido imposible”. Se sienta en su escritorio y, turbulento, acaricia las cubiertas de su lograda novela. Mientras, la botella de champán se rompe en el congelador.

