Escapismo


El chaparrón
3 febrero 2011, 10:28 pm
Archivado en: Ficción

Lleva varios días dándole vueltas al tema. Anda distraído y preocupado. Su padre quiere verle pero él no está seguro. Le había encapsulado en el fondo de su mente y, después de tantos años, una sola llamada de teléfono le ha traído al presente a lo bruto. Sin deseo, ni preparación, ni aviso.

El hijo se esforzó durante mucho tiempo en no pensar en él cada día, en no recordar, cada vez que iban juntos al bosque, las acampadas en el monte, el fútbol, las fiestas del pueblo. El padre, camionero, se ausentaba durante semanas, pero cuando volvía se dedicaba a su mujer y a su hijo. Al regresar de un viaje se comportó distinto, y la siguiente vez también, hasta que acabó confesando que se había enamorado de una prostituta brasileña y se marchó con ella. Al principio llamaba a menudo, algo avergonzado. Poco a poco esos contactos incómodos se fueron espaciando hasta que se olvidó de su mujer y su hijo de trece años. Cuando pasó un año sin saber de él, el hijo empezó a acumular resentimiento, por el vacío, por su madre que lloraba a escondidas, por la apretura económica. La gente del pueblo no ayudó mucho en aquel momento, murmullos y habladurías les siguieron durante meses. En aquel tiempo su madre y él pasaban muchas horas juntos, pero a veces, mientras cenaban, se instalaba la ausencia del padre y apenas hablaban.

Con el tiempo, le llevó años, dejó de esperar que llamara o volviera. Y cuando pensaba en él deseaba sentir indiferencia.

El jueves pasado el padre había llamado, con voz temblorosa habló deprisa y se disculpó muchas veces. No dio explicaciones pero pidió verle, tomar algo, dijo que tendría paciencia; antes de colgar, en un susurro suplicante, añadió “por favor”. El hijo, mientras escuchaba sin abrir la boca, se sintió como de corcho. Estuvo horas desequilibrado, perdido, pasando de la furia al lloro por momentos. Él había crecido imaginando a su padre feliz en Brasil, quizá con otra familia, y desentendido de su propio hijo. Fantaseó muchas veces con que venía a buscarle y le llevaba con él un tiempo. Ahora se había hecho mayor, su padre era pasado y él creía, hasta ese momento, tener las ideas claras. Pero oír su voz quebrada le había provocado una congoja retenida que permanecía en su garganta. Desde ese día sus sentimientos eran encontrados. A ratos le entraban ganas de verle, a otros quería que desapareciese. Esos días evitó andar por el pueblo, pasó mucho tiempo en casa, con su madre, hablaron mucho, y ella le animó al encuentro. Padre solo hay uno, dijo, quítate la espina. Quizá le decidió esa frase, porque su padre, lejano hasta ese momento, se había convertido en una estaca. Así que justo una semana después de la reaparición le citó en el parque de las afueras del pueblo; la conversación fue breve y no le llamó papá.
Se acercó al parque por la costa, el viento húmedo aliviaba, estaba nervioso y arrepentido. No imaginaba de qué podrían hablar, no quería resumir los últimos trece años de su vida. Esperaba que hablara él, quizá fuera más fácil de lo que parecía. Pasó cerca del muelle y al recordar las horas de pesca con su padre, se preguntó si realmente le echaba de menos, si le quería en su vida. Subió la cuesta para bordear el parque, le vio a lo lejos, se le tensaron los hombros. Medio agachado cogió un camino de niños entre los arbustos, y, oculto, observó a su padre, allí en medio, solo en la inmensa pradera, con el cielo cargado encima. Estaba más gordo, y más bajo, casi calvo, con la cabeza inclinada y fumando, como siempre. Levantó la vista y el hijo se encogió. Le notó envejecido, y derrotado. Estuvo un rato allí dudoso explorando cada gesto, y cuando su padre miró el reloj por segunda vez, dio marcha atrás, sin correr se alejó de allí, hacia la playa. Bajó tranquilo, con el cielo más oscuro. Tembló cuando la primera gota de lluvia se le metió por el cuello. Le dio tiempo a cobijarse y mientras contemplaba el aguacero pensó que en el parque cuando llueve uno se cala en seguida.




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