Escapismo


RECOMPENSAS
15 febrero 2011, 11:38 pm
Archivado en: Ficción

El escritor sentado en su mesa revisa las cuatro frases que va a decir cuando le entreguen, en unas horas, el galardón literario que le han concedido. Su mujer está metiendo una botella de champán en el congelador para brindar cuando vuelvan. Están felices por este acontecimiento. Después de veinte años de frustraciones literarias por fin le ha llegado el prestigio. Ella está especialmente orgullosa, considera que le corresponde una parte de ese premio, sus esfuerzos, su apoyo, siempre animándole, llegando incluso a mantener la economía familiar por conseguir ese sueño.
Ya se han arreglado, él alaba su vestido, se levanta y la abraza fuerte. Cogidos por la cintura miran las cajas con ejemplares del libro. Su novela, de ciencia ficción, ha sido un éxito de ventas y de críticas, algo inesperado después de sus tres novelas mediocres que apenas merecieron alguna reseña en revistas literarias. Atrás quedan las depresiones, los vacíos creativos, los apuros económicos.
Él está muy elegante con pajarita y traje de chaqueta negro. Cogen un taxi, hablan poco y se agarran las manos. Él está nervioso, ella más emocionada. Al llegar al hotel un montón de periodistas le están esperando, él no suelta su mano. No está acostumbrado a la notoriedad ni a hablar en público. Se muestra amable, contesta alguna pregunta. Entran al salón lleno de sillas, ella se sienta en primera fila, él en la mesa situada encima de la tarima con el editor, que hablará primero y con otro afamado escritor que lo hará después. Mientras ellos elogian su libro y su talento como escritor, repasa mentalmente su pequeño discurso, el significado de este reconocimiento, y agradecer a todos, también a su mujer. No quiere olvidarse de nada. Con los brazos cruzados sobre el pecho intenta no moverse para que no se note su inquietud. Cuando le llega el momento de hablar, nota la expectación del público allí sentado, nota los flashes de los periodistas y se aturulla, está aturdido ante tanta celebridad. Busca los ojos de su mujer, cuando los encuentra se siente más confiado y comienza a hablar deprisa, muy serio, quiere acabar cuanto antes. Suda. Fija la vista en la calva de un señor del fondo para no distraerse. Ella, que no le quita la vista de encima, reprime las ganas de llorar de la emoción. Él ahora no la mira, las frases aprendidas se diluyen, las pierde antes de empezar, improvisa, es breve y parco, termina agradeciendo al editor la confianza, la generosidad y el apoyo continúo. La frase dedicada a su mujer, una frase bella y trabajada se le olvida, desaparece, ni la echa de menos. Cuando escucha los aplausos siente sosiego y alegría. La concurrencia empieza a levantarse, ella, aplastada, sigue en su silla. Con la mirada hueca, le ve rodeado de micrófonos, más relajado que antes pero todavía incómodo. Ella no sabe bien qué hacer. El editor la salva del aislamiento y la conduce al salón donde darán un piscolabis. Piden una copa, ella espera que el vino llene el gran agujero que tiene dentro, que desaparezca. El editor la habla pero no le escucha, solo está pendiente de la puerta. Él aparece radiante con una cohorte detrás, todos quieren una firma, y conocerle. Se acerca a ellos y cuando va a besarla en los labios, su mujer gira levemente la cara y se lo da en la mejilla. Es justo en ese momento cuando la frase no dicha repica en su mente y se siente caer a un precipicio. La mira a los ojos y encuentra dureza, todo su interior se contrae. El editor le pregunta cómo se siente ante el éxito e, incapaz de responder a esa pregunta, desvía el tema hacia la idea de su siguiente libro.
Vuelven taciturnos en el taxi, él, le coge la mano, se acerca un poco más y susurra la frase, que ahora le suena artificiosa, casi falsa. Ella vuelve la cara hacia la ventanilla y con los dedos impide que las lágrimas caigan.
Al llegar a casa, desde la puerta del dormitorio ella le mira con serenidad marchita y dice “me alegro por ti, te lo mereces”. Él contesta “gracias, sin ti hubiera sido imposible”. Se sienta en su escritorio y, turbulento, acaricia las cubiertas de su lograda novela. Mientras, la botella de champán se rompe en el congelador.



El chaparrón
3 febrero 2011, 10:28 pm
Archivado en: Ficción

Lleva varios días dándole vueltas al tema. Anda distraído y preocupado. Su padre quiere verle pero él no está seguro. Le había encapsulado en el fondo de su mente y, después de tantos años, una sola llamada de teléfono le ha traído al presente a lo bruto. Sin deseo, ni preparación, ni aviso.

El hijo se esforzó durante mucho tiempo en no pensar en él cada día, en no recordar, cada vez que iban juntos al bosque, las acampadas en el monte, el fútbol, las fiestas del pueblo. El padre, camionero, se ausentaba durante semanas, pero cuando volvía se dedicaba a su mujer y a su hijo. Al regresar de un viaje se comportó distinto, y la siguiente vez también, hasta que acabó confesando que se había enamorado de una prostituta brasileña y se marchó con ella. Al principio llamaba a menudo, algo avergonzado. Poco a poco esos contactos incómodos se fueron espaciando hasta que se olvidó de su mujer y su hijo de trece años. Cuando pasó un año sin saber de él, el hijo empezó a acumular resentimiento, por el vacío, por su madre que lloraba a escondidas, por la apretura económica. La gente del pueblo no ayudó mucho en aquel momento, murmullos y habladurías les siguieron durante meses. En aquel tiempo su madre y él pasaban muchas horas juntos, pero a veces, mientras cenaban, se instalaba la ausencia del padre y apenas hablaban.

Con el tiempo, le llevó años, dejó de esperar que llamara o volviera. Y cuando pensaba en él deseaba sentir indiferencia.

El jueves pasado el padre había llamado, con voz temblorosa habló deprisa y se disculpó muchas veces. No dio explicaciones pero pidió verle, tomar algo, dijo que tendría paciencia; antes de colgar, en un susurro suplicante, añadió “por favor”. El hijo, mientras escuchaba sin abrir la boca, se sintió como de corcho. Estuvo horas desequilibrado, perdido, pasando de la furia al lloro por momentos. Él había crecido imaginando a su padre feliz en Brasil, quizá con otra familia, y desentendido de su propio hijo. Fantaseó muchas veces con que venía a buscarle y le llevaba con él un tiempo. Ahora se había hecho mayor, su padre era pasado y él creía, hasta ese momento, tener las ideas claras. Pero oír su voz quebrada le había provocado una congoja retenida que permanecía en su garganta. Desde ese día sus sentimientos eran encontrados. A ratos le entraban ganas de verle, a otros quería que desapareciese. Esos días evitó andar por el pueblo, pasó mucho tiempo en casa, con su madre, hablaron mucho, y ella le animó al encuentro. Padre solo hay uno, dijo, quítate la espina. Quizá le decidió esa frase, porque su padre, lejano hasta ese momento, se había convertido en una estaca. Así que justo una semana después de la reaparición le citó en el parque de las afueras del pueblo; la conversación fue breve y no le llamó papá.
Se acercó al parque por la costa, el viento húmedo aliviaba, estaba nervioso y arrepentido. No imaginaba de qué podrían hablar, no quería resumir los últimos trece años de su vida. Esperaba que hablara él, quizá fuera más fácil de lo que parecía. Pasó cerca del muelle y al recordar las horas de pesca con su padre, se preguntó si realmente le echaba de menos, si le quería en su vida. Subió la cuesta para bordear el parque, le vio a lo lejos, se le tensaron los hombros. Medio agachado cogió un camino de niños entre los arbustos, y, oculto, observó a su padre, allí en medio, solo en la inmensa pradera, con el cielo cargado encima. Estaba más gordo, y más bajo, casi calvo, con la cabeza inclinada y fumando, como siempre. Levantó la vista y el hijo se encogió. Le notó envejecido, y derrotado. Estuvo un rato allí dudoso explorando cada gesto, y cuando su padre miró el reloj por segunda vez, dio marcha atrás, sin correr se alejó de allí, hacia la playa. Bajó tranquilo, con el cielo más oscuro. Tembló cuando la primera gota de lluvia se le metió por el cuello. Le dio tiempo a cobijarse y mientras contemplaba el aguacero pensó que en el parque cuando llueve uno se cala en seguida.




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