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Nervioso, sujeta el sobre, enorme, con las dos manos. Ha arrugado el papel de los bordes. Respira de forma superficial, con presión en el pecho. Se trata de su salud, en definitiva de su vida. En el sobre está su sentencia. Piensa en estos términos dramáticos, siempre le dio terror la enfermedad y la muerte.
Todo empezó al poco de divorciarse, con un dolor en el lado izquierdo de la espalda, acentuado cuando respiraba. Un dolor de fuera a adentro, a ratos lacerante, y otros, latente. Estuvo un mes medicándose y acudió al fisioterapeuta, sin resultados.
Y ahora, después de pisar varias consultas, se encuentra aquí, en el neumólogo con su diagnóstico en la mano. No lo ha abierto, prefiere escuchar a otro el nombre de su terrible enfermedad. Llama al timbre dos veces cortas, impertinentes. Le abre una señorita espectacular, morena, de grandes pechos, con bata blanca ajustada que realza su cintura. Le dice buenas tardes sin mirarle a la cara y le da la espalda. Esta insignificancia le hace sentir vulnerable. Le dice con voz trémula que tiene cita. Imperiosa, ella le indica que pase a la sala y espere. Obedece y deja el sobre en la mesa, lo toca todo el rato, como si eso apaciguara la angustia. La sala le deprime, con esas espesas cortinas verdes y luz mortecina. No se siente capaz de soportar una enfermedad. Y más tan solo. Se pone de pie y puede ver a la morenaza de espaldas. Contemplar sus piernas por algún motivo le calma, si ella le sonriera cree que se sentiría aliviado.
Trece días de médicos y pruebas, noches insomnes haciendo planes y redactando hipotéticas cartas de despedida. Ha imaginado su muerte, lenta, y el dolor físico. Se ha preguntado quién le echaría de menos. Hay noches que llora de la preocupación.
Lleva media hora esperando y sale a preguntar a la señorita que no sabe si es enfermera, médico o solo recepcionista. Sí sabe que es antipática. Y, sobre todo, poco compasiva.
Intenta mostrar firmeza y dice:
- Perdone, tenía cita hace media hora…
Ella le corta bruscamente:
- El doctor le atenderá en cuanto pueda, siéntese y espere.
Le mira un momento y se encuentra con unos fríos ojos marrones. Esta mujer no debería trabajar en un centro médico. Vuelve a la sala, da vueltas, cuenta los trazos de un cuadro. La recepcionista, está casi seguro, aparece y por fin le nombra. A él se le cae el sobre al suelo, lo recoge y pasa las manos, como limpiándolo, y mira a la enfermera que permanece hierática en el umbral. Antes de llegar a la puerta ella se adentra en el pasillo, él la sigue dócil y se fija en su culo, grande y bien colocado. Abre la puerta y desaparece.
El doctor es mayor y casi no cabe en la silla, de aspecto bonachón, su visión le consuela, como si fuera incapaz de comunicar cosas malas. Se sienta en el borde de la silla, le extiende el sobre como si le entregara su vida, y cruza sus manos apretadas sobre el regazo. No dice nada porque no puede, tiene la tráquea cerrada y se ha quedado sin saliva.
El doctor saca el informe y coloca la radiografía en la caja de luz, él alarga el cuello y ve sus pulmones llenos de manchas negras. Piensa que está condenado. El doctor, sin mantener el intríngulis, se vuelve y comunica que todo es normal.
Él, incrédulo, acierta a preguntarle por las manchas, el médico revisa la radiografía e insiste que es habitual para una persona que ha sido fumador.
Cuando le escucha nota un hormigueo, quiere soltar carcajadas. Aprieta la mano del doctor que le recomienda ejercicio y distracción. Él asegura que lo hará.
Al salir, la enfermera está archivando expedientes, él, ahora festivo y descarado, se acerca para despedirse, y le dice que está sano y no va a volver. Ella levanta la vista unos momentos hacia él y, grosera, vuelve a sus sobres marrones.
22 comentarios hasta ahora
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Se agradece un cuento que acabe bien, en estos días en que todo parece rezumar desesperanza y desolación y donde los cuentos, la mayoría, acaban en lo peor. No es que sea un final feliz; es un final normal
Comentario por Miguel Baquero 9 enero 2011 @ 5:45 pmEntonces me alegra haber escrito un atisbo de normalidad entre tanta desolación. ¿En serio estamos así?
Comentario por Elena 9 enero 2011 @ 8:24 pmyo me hubiese atrevido a más con la enfermera tras la noticia
Comentario por JG 9 enero 2011 @ 7:12 pmParece dura de roer, debes ser un hombre con tesón, quedan pocos…:-)
Comentario por Elena 9 enero 2011 @ 8:25 pmHaces que tu lector viva la vida, aunque sea por una brevedad la vida del protagonista. Un sobre contiene todo el futuro, el médico es el mercurio de algún designio. su vista prejuiciosa le hace pensar en lo oscuro e inevitable y la mujer apetitosa resplandece en su frialdad. Después del dictamen la loza se ha ido y el poco a poco vuelve a sí mismo, despidiéndose de la mujer de bonito culo. que sigue indiferente. Como siempre Elena con tu estilo… un abrazo Rub
Comentario por rubengarcia 9 enero 2011 @ 7:51 pmLa mujer es, de algún modo, la indiferencia reinante ante lo que le sucede al prójimo. Vivimos en la individualidad más absoluta…así nos va. Gracias Rub, y un abrazo.
Comentario por Elena 9 enero 2011 @ 8:30 pmEvidentemente, a la morenaza le falta amor.
¡Lindo, el texto!
Comentario por blopas 10 enero 2011 @ 12:03 amEs posible,:-, aunque más bien creo que lo que le falta es sexo. O eso, o que no es capaz de repartir afecto, pero es que esta mujer ni un poquito de compasión, oye.
Comentario por Elena 10 enero 2011 @ 9:00 pmUn abrazo blopas.
En cuarenta y ocho horas este hipocondriaco estará con otra falsa enfermedad matándole. Así que disfrute de su indulto.
Comentario por ucomin 10 enero 2011 @ 10:00 amMe gusta mucho, aunque lo de siempre… se me hace corto.
Besos.
Jaja, eso seguro, es más no sabemos si ya ha padecido enfermedades graves o esta es la primera, es que las rupturas son muy malas.
Comentario por Elena 10 enero 2011 @ 9:01 pmUn beso.
Jajaja si Elena, la enfermera está mal follada
Me gustó y me angustió (el relato, no la enfermera)
Comentario por netsnooper 11 enero 2011 @ 2:47 pmVeo que estás de acuerdo conmigo…si es que con sexo la vida se vive diferente.
Comentario por Elena 11 enero 2011 @ 3:47 pmLa idea era que el lector se angustiara como el personaje, por lo menos contigo lo he conseguido!
¡Gracias netsnooper!
Uf, menos mal Elena…. qué alivio saber que a este hombre todavía le queda vida por delante…. yo hubiera acabado asesinando a la recepcionista esa pechugona, ja, ja..
Comentario por Latere 11 enero 2011 @ 7:47 pmNo lo dudo, jaja. Si hubiera estado enfermo de verdad seguro que lo haría.
Comentario por Elena 11 enero 2011 @ 10:09 pmMe voy a tener que mirar eso de que siempre esperéis un final terrible.
Final feliz para un cuento angustioso. Lo describes perfectamente.
Me encantan los detalles como que aun estando entre la vida y la muerte, se fija en el culo de la enfermera
Comentario por charradetas 12 enero 2011 @ 1:35 amAl hombre, a pesar de todo, no se le quitan las ganas de vivir, y un culo es un culo, en cambio ella parece más muerta que viva,
Comentario por Elena 12 enero 2011 @ 10:23 amJoder tía…me has hecho pasar un mal rato. Por un momento me he imaginado en la sala de un hospital esperando un diagnóstico fatal…Mi estómago vuelve a estar tranquilo tras leer el final! Empatía o hipocondría? un besote
Comentario por Ana 12 enero 2011 @ 2:54 amEmpatía, por supuesto.
.
Comentario por Elena 12 enero 2011 @ 10:25 amNo me gustan los relatos de enfermedades y muertes así que tenía que acabar bien.
Besazos sobri.
¿No han encontrado el hueco? Entonces aún no ha terminado… porque recuerdo que “todo empezó al poco de divorciarse…” Que sigan buscando en las radiografías, seguro que han buscado algún objeto extraño, y lo que duele es un espacio vacío.
Saludos.
Comentario por Alan Rulf 14 enero 2011 @ 11:20 amHas estado agudo en tu comentario. Ese es su único y verdadero mal pero claro el doctor no lo sabe. Quizá con el ejercicio y la distracción, o quizá mirando culos consiga curarse.
Comentario por Elena 14 enero 2011 @ 12:38 pmMe ha gustado mucho el final feliz, porque llevo dos días con un dolor en un costado… en fin, tú ya sabes!
Comentario por bea 30 enero 2011 @ 9:46 pmBesitos
jajaja, pues nada tú tranquila que ya sabes que son dolorcillos habituales, y deja de escribir cartas de despedida!
Comentario por Elena 31 enero 2011 @ 1:36 pm