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La veía todos los días laborables sin excepción. Era una mujer cañón, con un vistazo uno ya se daba cuenta. Apareció en mi vida como algo excepcional ya que yo, dueño de una tintorería, nunca he tenido grandes aventuras que contar. Soy anodino y bastante solitario, nunca tuve amigos, en realidad dos, un compañero de colegio con el que cenaba esporádicamente, y mi vecino, algo mayor con el que jugaba al ajedrez todos los sábados por la tarde. Mi vida transitaba entre trajes, faldas y abrigos, y el olor a jabón y a plancha que lo impregnaba todo. De vez en cuando una película porno y una paja me sacaban de mi rutina. Solo eso.
Ella trabajaba en el restaurante de enfrente, al que nunca había entrado. Desde mi escaparate la contemplaba cuando salía a fumar, me atraía mucho su actitud altiva. Lo hacía una o dos veces durante la mañana, nunca a la misma hora. Eso me obligaba a estar vigilante todo el tiempo. Siempre fumaba sola, pegada a una papelera de esas con cenicero. Fumaba sosteniendo el cigarro casi con la punta los dedos y frunciendo mucho la boca a cada calada. Echaba el humo despacio mirando la voluta desintegrarse. Iba de negro, con camisa, pantalón y medio tacón que realzaban su culo redondito y travieso, y sus tetas bien puestas, además no era muy alta, perfecta. Siempre llevaba la melena castaña recogida en coleta y se pintaba ligeramente. Después de varias semanas de vigilancia, en las que se me aceleraba el pulso cada vez que ella fumaba, se me ocurrió una idea, brillante desde mi punto de vista. Compré una rosa roja, corté el tallo y la posé en la papelera, cerca del cenicero. Ella tendría que verla y preguntarse qué significaba aquello. La esperé con impaciencia, pero no se percató de la flor, terminó el cigarrillo y lo aplastó en el cenicero. La rosa quedó allí, intacta.
Al día siguiente compré otra rosa, y la puse en el mismo lugar. Todo sucedió casi idéntico, la rosa invisible y yo alborotado, así durante ocho días.
La rosa número nueve, en pleno esplendor, con sus pétalos enormes, de un rojo intenso, llamó su atención. Desde mi escaparate, presencié como miraba hacia la papelera, como la cogía con cuidado entre los dedos y la acercaba a su nariz, y a su boca; sorprendido, o no tanto, noté que me empalmaba. Ella volvió al trabajo con la rosa en la mano y me costó un rato calmarme. Aquella noche, por primera vez, me masturbé pensando en ella, y, después de hacerlo, la sentí más cerca.
Por la mañana, la flor volvió a lucir en la papelera. Se fijó en seguida, de hecho tardó en encender el cigarro. Atendí, antipático, a una señora inoportuna, y cuando se fue ni oí la puerta de absorto que estaba en la acera de enfrente. En vilo seguí sus movimientos, sujetaba todo el tiempo la rosa en su mano, se pasaba los pétalos por la cara, por el cuello casi llegando al escote, aspiraba su olor. Casi fuera de mí, pero sin tocarme, no fuera a entrar alguien, me pegué al cristal tapado a medias por las cortinas. Ella metió su boca entre los pétalos, y después, cogió uno con los labios, sin chupar, solo acariciándolo. Y lo hizo con varios, con gestos sensuales, abriendo la boca a cada pétalo. Mi ardor no pudo más y noté, con gran placer, que mi pantalón se empapaba, me temblaron las piernas y, agarrado a las cortinas, tuve que doblarme para aguantar de pie. Cuando me repuse, apoyado en el mostrador, ella no estaba, y la rosa, ahora desechada, en el suelo. Con parsimonia, me coloqué el abrigo, cerré la tintorería y subí a casa a cambiarme la ropa, fría y ya casi acartonada.
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Sudan todavía aunque hace minutos que terminaron. Él está apoyado en el cabecero de la cama. Mira a la mujer desnuda que tiene al lado, le coge la mano, guardan silencio. Al rato, le dice lo a gusto que está con ella. Añade que él nunca le dice algo así a su mujer. Ni le coge la mano después del sexo, las pocas veces que lo hacen. Su mujer nunca le desea, solo cuando él se lo pide, se deja tocar y se abre de piernas. Tampoco se la chupa. Ni siquiera le gusta que la abrace o que la bese.
Ella le mira mientras dice todo esto, su mandíbula, su boca, su nariz, todo grande, le gusta este hombre. Es la tercera vez que se lo lleva a la cama. Le pasa las uñas por el pecho, le acaricia los pezones. Él se encoge de gusto pero sigue hablando. No puede salir con sus amigos porque su mujer se enfada. Ahora él ya no tiene amigos. Su querida esposa le reprocha lo que fuma, o que beba. Le lleva todos los domingos a comer con la suegra, las vacaciones también con ella, eligen el sitio entre las dos sin consultarle siquiera. Nunca salen juntos y solos a ningún sitio. La realidad es que su mujer y él ya no se soportan.
La mujer que tiene a su lado, le escucha y, mientras coge sus testículos suavemente, como calibrándolos, le pregunta por qué soporta todo eso. Qué gana a cambio. Él, le acaricia el brazo distraído en su discurso, y continúa. Tiene una vida muy cómoda. Su mujer se ocupa de todo, lava, plancha y ordena la ropa. Le lleva los trajes al tinte. Cuando se levanta por la mañana ella ya le ha preparado el café y la tostada con mermelada de fresa, como le gusta. Al final del día tiene la cena en el plato. Su casa huele bien y sus hijos están atendidos. Su leal esposa lleva los asuntos del banco, del colegio y actividades de los niños. Y además, le deja ir al fútbol, eso sí, y diciendo esto se inclina para besarla. Ella abre la boca y le atrapa la lengua, le coge de la nuca, se nota húmeda pero él con un ademán suave la aparta y sigue con su perorata. Lo tiene claro. Si se divorciara su mujer se quedaría con el piso, con sus hijos a los que apenas vería. Se quedaría solo. Tendría que cocinar, hacer la compra, pagar sus facturas, todo eso aparte de trabajar para que su sueldo, casi entero, se lo llevara la manutención de una familia de la que él ya no formaría parte.
Ella mira el reloj, sabe que en poco tiempo se irá así que mete la mano entre las piernas de él y le frota suavemente. Él ignora este gesto, se tumba y la abraza muy fuerte. Ella, sabiendo que es la despedida, ya no intenta nada, se deja besar en la cara, en el cuello, en los hombros. Se dan un último beso, más intenso, en la boca. Él se levanta y va al cuarto de baño. Nunca se ducha por si su mujer le huele a gel ajeno, se lava por partes. Una vez vestido, se asoma al dormitorio y con la mano en la oreja le dice que la llamará. Y lanza un beso.
Ella no se levanta a despedirle. Se incorpora y levanta la mano.
Cuando oye la puerta al cerrarse se estira debajo de las sábanas. Se siente bien, solo queda un pequeño poso incómodo. Alarga una mano, abre el cajón de la mesilla y saca un vibrador de látex, azul celeste.
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Nervioso, sujeta el sobre, enorme, con las dos manos. Ha arrugado el papel de los bordes. Respira de forma superficial, con presión en el pecho. Se trata de su salud, en definitiva de su vida. En el sobre está su sentencia. Piensa en estos términos dramáticos, siempre le dio terror la enfermedad y la muerte.
Todo empezó al poco de divorciarse, con un dolor en el lado izquierdo de la espalda, acentuado cuando respiraba. Un dolor de fuera a adentro, a ratos lacerante, y otros, latente. Estuvo un mes medicándose y acudió al fisioterapeuta, sin resultados.
Y ahora, después de pisar varias consultas, se encuentra aquí, en el neumólogo con su diagnóstico en la mano. No lo ha abierto, prefiere escuchar a otro el nombre de su terrible enfermedad. Llama al timbre dos veces cortas, impertinentes. Le abre una señorita espectacular, morena, de grandes pechos, con bata blanca ajustada que realza su cintura. Le dice buenas tardes sin mirarle a la cara y le da la espalda. Esta insignificancia le hace sentir vulnerable. Le dice con voz trémula que tiene cita. Imperiosa, ella le indica que pase a la sala y espere. Obedece y deja el sobre en la mesa, lo toca todo el rato, como si eso apaciguara la angustia. La sala le deprime, con esas espesas cortinas verdes y luz mortecina. No se siente capaz de soportar una enfermedad. Y más tan solo. Se pone de pie y puede ver a la morenaza de espaldas. Contemplar sus piernas por algún motivo le calma, si ella le sonriera cree que se sentiría aliviado.
Trece días de médicos y pruebas, noches insomnes haciendo planes y redactando hipotéticas cartas de despedida. Ha imaginado su muerte, lenta, y el dolor físico. Se ha preguntado quién le echaría de menos. Hay noches que llora de la preocupación.
Lleva media hora esperando y sale a preguntar a la señorita que no sabe si es enfermera, médico o solo recepcionista. Sí sabe que es antipática. Y, sobre todo, poco compasiva.
Intenta mostrar firmeza y dice:
- Perdone, tenía cita hace media hora…
Ella le corta bruscamente:
- El doctor le atenderá en cuanto pueda, siéntese y espere.
Le mira un momento y se encuentra con unos fríos ojos marrones. Esta mujer no debería trabajar en un centro médico. Vuelve a la sala, da vueltas, cuenta los trazos de un cuadro. La recepcionista, está casi seguro, aparece y por fin le nombra. A él se le cae el sobre al suelo, lo recoge y pasa las manos, como limpiándolo, y mira a la enfermera que permanece hierática en el umbral. Antes de llegar a la puerta ella se adentra en el pasillo, él la sigue dócil y se fija en su culo, grande y bien colocado. Abre la puerta y desaparece.
El doctor es mayor y casi no cabe en la silla, de aspecto bonachón, su visión le consuela, como si fuera incapaz de comunicar cosas malas. Se sienta en el borde de la silla, le extiende el sobre como si le entregara su vida, y cruza sus manos apretadas sobre el regazo. No dice nada porque no puede, tiene la tráquea cerrada y se ha quedado sin saliva.
El doctor saca el informe y coloca la radiografía en la caja de luz, él alarga el cuello y ve sus pulmones llenos de manchas negras. Piensa que está condenado. El doctor, sin mantener el intríngulis, se vuelve y comunica que todo es normal.
Él, incrédulo, acierta a preguntarle por las manchas, el médico revisa la radiografía e insiste que es habitual para una persona que ha sido fumador.
Cuando le escucha nota un hormigueo, quiere soltar carcajadas. Aprieta la mano del doctor que le recomienda ejercicio y distracción. Él asegura que lo hará.
Al salir, la enfermera está archivando expedientes, él, ahora festivo y descarado, se acerca para despedirse, y le dice que está sano y no va a volver. Ella levanta la vista unos momentos hacia él y, grosera, vuelve a sus sobres marrones.

