La solterona, siempre coqueta y bien vestida, que suele estar alegre, hoy se encuentra triste. Su amado Pepe, del que nunca se despegaba, murió ayer de repente. Pepe la hacía feliz, paseaban juntos, hablaba mucho con él y le daba tanto afecto. Y ahora, se ha marchado para siempre y le ha dejado un hueco enorme, casi insoportable. Cuando se acuesta y nota la cama fría se acuerda de su calor, y de cómo se abrazaba a él después de dejarla satisfecha y feliz. Y además era fiel. Llora desconsolada de día y de noche.
Su vecina preocupada por su desánimo ante la ausencia de Pepe, piensa que un perro la ayudaría a olvidarle. En la tienda le recomiendan un chihuahua, y le parece perfecto.
Cuando la solterona abre el cesto y ve al perrillo temblón, se cubre la cara con las manos y su cuerpo se agita por la pena. Su vecina un poco molesta le dice:
- Mejor un perro pequeño ahora que vamos para mayores, ¿no te gusta?
Y ella, entre hipidos, contesta:
- ¡Mi Pepe era un pastor alemán!

