Escapismo


Discordia
25 noviembre 2010, 6:10 pm
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- Siempre estás con lo mismo, eres muy negativa – dice él en tono impaciente con ganas de acabar la discusión.
La radio del coche emite un programa sobre esoterismo, el locutor está hablando de los flujos cosmotelúricos. Ella mira hacia el paisaje y contesta:
- No me entiendes, nunca lo has hecho ni me has apoyado con tu familia –
- ¿Apoyado? Pero si mi familia te adora. Eso de que te hacen de menos es una percepción tuya totalmente equivocada.
Ahora el invitado en el programa de radio expone cómo el fluir de la energía vital puede cambiar tu vida y librarte de emociones negativas.
- ¿Pero tú has visto como me mira tu hermana? Ella siempre tan chic, con sus tacones y sus tetas de silicona. Y sus dos hijos tan guapos y conjuntados. Tener que hacer un viaje de dos horas para soportar que te miren así…
- No empieces otra vez, a eso lo llamo yo inseguridad – él con la mirada fija en la carretera.
- ¡Pero si ni siquiera tus sobrinos quieren jugar conmigo! – su voz inunda el coche de forma desagradable.
- Por favor no chilles. Llevas una hora con el tema, que mi hermano no te ha dirigido la palabra, que mi madre solo te ha mirado dos veces. Me tienes harto.
- ¡Te tengo harto! – vuelve a gritar – ¿Y por qué sigues conmigo? Déjame, a lo mejor cinco años han sido bastante para ti. Así vivirás más tranquilo.
- No quiero dejarte. Me gusta vivir contigo – habla en tono conciliador y la mira un momento.
Ella sigue enfurruñada. Se queda callada, en ese ínterin se escucha en la radio: … existe una relación directa entre las emociones y la energía…
Ataca de nuevo:
- Tus hermanos se han casado y tienen hijos. Y tú eres el mayor. ¿Por qué tenemos que ser diferentes?
Él resopla:
- Todas las discusiones acaban en este tema, volvemos al mismo punto. No piensas en otra cosa.
- Es que no lo entiendes. Quiero tener hijos antes de hacerme mayor.
A él se le ponen los nudillos blancos de apretar el volante.
- Lo entiendo pero todavía es pronto. No estamos preparados.
- Nunca se está preparado. Hay que lanzarse y avanzar. Una pareja que no va hacia delante acaba muriendo.
- Si yo quiero avanzar pero dentro de un tiempo. Podemos esperar un poco más.
- ¿Esperar a qué? Nunca me das argumentos. Esperar, esperar, es lo único que sabes decir. Si me quisieras de verdad querrías dar un paso adelante conmigo – ella ahora habla tranquila.
- Te quiero de verdad – dice él casi en voz baja.
Vuelven a enmudecer. En la radio continúan: …el amor, el entusiasmo y la alegría te capacitan para emanar energía positiva hacia el exterior…
Ella apaga la radio. A través de la ventanilla mira los bosques casi oscuros pero no los ve. Solo ve su reflejo en el cristal. Su cara está triste. Él suelta el volante y le coge la mano, pero ella la deja inerte. Hay poco tráfico, quedan veinte kilómetros.
Él levanta los ojos hacia el retrovisor y dice:
- ¿Cenamos algo en el bar antes de subir a casa?
Y ella con la vista al frente, contesta:
- Vale, pero compartimos la ensalada.

Continúan en silencio. Ahora, solo se oye el rumor de las ruedas sobre el asfalto.



El Juego
17 noviembre 2010, 12:22 pm
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- Fóllame – le dice ella abriéndose de piernas.

Él se queda quieto, nunca antes una mujer se le había ofrecido así, tan desinhibida. Aunque en sus fantasías las mujeres son explícitas, en la realidad no le excita, le resulta demasiado fuerte o quizá ordinario.

Y más tratándose de su mujer, siempre tan comedida.

Hoy ella le ha llamado al trabajo y ha dicho: no te entretengas, tengo una sorpresa. Esto no es habitual así que ha conseguido intrigarle, ha barajado: cena especial, amigo olvidado, o película porno con botella de champán, como hacían antes.
Ha entrado en casa y una ristra de velas le ha indicado el camino hacia el dormitorio. Divertido, ha abierto la puerta. Casi le da un pasmo. Su mujer protagonista de la película incluso en el diálogo. La mira fijamente ahí tumbada, en pose erótica, con un sujetador rojo y un tanga a juego.

- Fóllame – insiste, y con un dedo echa el tanga a un lado.

Él puede ver que se ha depilado entera. Le da un poco de repelús, ella nunca lo había hecho antes. De repente está tímido, se quita los pantalones con parsimonia, primero los zapatos, el cinturón, y se queda en calzoncillos. Su mujer últimamente hace cosas extraordinarias. Se ha teñido de rubio platino y practica Pilates en el salón todas las mañanas. Nunca ha tenido tesón para estas cosas en cambio ahora parece que le va la vida en ello. Acaba de cumplir cuarenta años, quizá todo se deba a esto y en un tiempo se le pase. O es posible que le acaben gustando a él estos cambios.
No se nota excitado, espera que cuando se tumbe con ella, su cuerpo empiece a reconocerla. Llevan quince años acostándose juntos, la rutina y después el tedio han hecho mella. Y ahora una película porno en su propia cama. Le encantaría olvidar que es su mujer y follársela como se imagina en sus sueños. Pero no se atreve, hay algo que se lo impide. Siente vergüenza. O respeto.
Ella dice “quiero chuparte la polla”. Él, que a esas alturas no la tiene ni medio dura, se deja hacer. Su mujer se arrodilla y se la chupa, rasga los ojos y saca la lengua cuando le mira. A él le pone cachondo ver la tira del tanga entre las nalgas. Intenta imaginar que ese culo y esa cabeza rubia platino son de otra mujer, casi lo consigue. Nota que su excitación empieza a ser firme. Ella se tumba en la cama y se toca, se quita el tanga, se abre de piernas, está empapada. Le mira provocativa y mete y saca los dedos, se acaricia. El repelús ha dado paso a un deseo bestial. Ella le dice: come. Él mete la cabeza entre sus piernas y chupa, sin pelo es distinto, y sabe diferente. Ella se retuerce y le suplica. Él, más resuelto, la pone contra el cabecero de la cama. Llevan mucho tiempo sin hacerlo en esa postura. Están brillantes, y resoplan. Se mueven al compás de los empellones de él, que le da azotes suaves en el culo. El grado de excitación es tal que, entre gritos casi juveniles, tardan poco en tener un orgasmo, inusual por intenso.
Se desploman en la cama, recuperan el aliento, no hablan, tampoco se tocan. Ella se levanta a lavarse. Él le dice que ha estado increíble, y la llama “cielo”. Ella asoma la cabeza desde el baño, y, con cara de profesional, contesta:
- Sí cariño, muy bien, son ciento cincuenta euros.

Él, lejos de sorprenderse, va a por la cartera, saca tres billetes de cincuenta, y los deja discretamente encima de la mesilla, entre la foto de boda y el despertador. La próxima vez a lo mejor se atreve a llamarla “putita”.



DESVELADO
4 noviembre 2010, 12:18 pm
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Llena el vaso de whisky por tercera vez. El cigarro humea en el cenicero. Él solo fuma cuando bebe. Está ahí sentado frente a la máquina de escribir, el papel con tres líneas escritas. Bebe para soportarlo: hace tiempo que no tiene nada que decir. Y como confirmación, le han encargado un artículo en un periódico, un reportaje sobre escritores y a él, precisamente, le ha tocado escribir sobre la inspiración. Se pregunta qué puede decir si hace tiempo que las musas se ausentan. Tiene que rellenar un folio en blanco y ya no se acuerda cuando esto no era un problema. Se pasa la mano varias veces por su pelo cano, como intentando llevarse el vacío mental. Quiere recordar cómo era antes, cuando se sentaba delante de la máquina y las palabras fluían y encajaban. En cambio ahora está utilizando ese recurso tantas veces criticado, y hasta despreciado: escribir sobre la “no inspiración”. Mira la estantería con sus diecinueve novelas publicadas, leídas y admiradas una detrás de otra, y no comprende qué pasa. Ha comenzado la número veinte varias veces pero siempre se queda estancado en el mismo punto. De esto hace ya dos años. Le duele el cuello, y siente una carga en los hombros. Su editor es paciente pero él se desespera. Ha probado de todo buscando la inspiración, ha leído mucho en estos últimos meses, ha revisado sus propias novelas, ha viajado, hasta ha fumado marihuana. Todo ha resultado inútil. Vive constreñido entre su vida y la novela. Horas amargas perdidas frente a esa máquina. Noches en blanco. Bebe otro trago, el whisky de malta es el mejor; descarga sus dedos contra las teclas, se obliga a escribir, la escritura avanza imprecisa, espesa. Empieza a ver borroso, las letras se le amontonan, para no equivocarse evita mirarlas. El cigarro se ha consumido. Tiene la boca pastosa, son las tantas de la madrugada, no ha cenado. Para otra vez, y enciende otro. Relee lo escrito y es bochornoso. Tiene que entregarlo por la mañana. Su prestigio está en juego, si no es capaz de escribir un artículo cómo va a escribir una novela. La habitación a oscuras, a excepción de la luz del flexo sobre la máquina y sobre sus manos, le resulta opresiva. Le gustaría sentir el sol en ese momento, ver las cosas más claras. Quizá ha exprimido todo lo que llevaba dentro. Es posible que no le quede nada que aportar al mundo literario. La inspiración no se compra, simplemente viene, ahora lo intenta con la bebida pero tampoco funciona. El artículo, “no artículo” está llegando a su fin igual que la botella de whisky. No sabe si habrá escrito los tres mil caracteres pedidos o tendrá que dar más vueltas al tema. Le duelen las rodillas de estar sentado. Se atreve a contarlos, lleva dos mil seiscientos treinta y dos, quizá escribiendo las cifras cumpla el encargo, o quizá tenga que añadir que la inspiración se marchó para siempre, y que él, ahora, es un escritor acabado.
Apura el vaso, no relee lo escrito, se levanta con dificultad, está entumecido y las articulaciones le crujen. Se deja caer en el sofá y, justo antes de quedarse dormido tiene una idea pero su mente farragosa es incapaz de retenerla.




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